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El mejor sastre del mundo es de Oaxaca, salió de su pueblo descalzo y con el estomágo vació pero hoy le llueve el dinero






Ciudad de México.- Gilberto Ortiz es uno de esos personajes que nos hacen sentir orgullosos de lo mexicano; es una muestra de que cuando queremos podemos ser de los mejores en lo que queramos.

La honestidad y trabajo duro han llevado a este sastre mixteco a ser uno de los tres mejores del mundo

Como reporta un trabajo de investigación de El Universal, su infancia, sin embargo, fue tristísima y de duros trabajos. Su padre solía despertarlo a las 4 de la mañana para realizar faena en el campo; a las 7 volvía para desayunar e irse a la escuela. Terminando las clases volvía por otro alimento y más horas bajo el sol en el cultivo. 

Sin embargo esta dura rutina le enseño que con constancia y disciplina todo es posible.
La más grande satisfacción que ha obtenido en la vida es haber sido reconocido como uno de los tres mejores sastres del mundo. Esta distinción le fue otorgada por la prestigiosa marca de telas londinense Scabal y que comparte con dos de los más respetables sastres de tradición europea: el inglés Richard Anderson –el más célebre de la calle Savile Row de Londres y quien viste a personajes de la talla de la reina Isabel II-, así como el Italiano Corneliani –prestigiadísimo por su legado y atrevimiento en la confección de trajes. 

“Quedé dentro de los tres primeros del mundo, porque no hubo ni primero, ni segundo, ni tercero. El señor John Peter Thiessen, dueño de la marca mundial de telas nos declaró como los tres mejores del planeta. Ahí tuve la entrevista con los sastres de la calle Savile Row. No me sorprendió porque los mexicanos tenemos el mismo nivel”, afirma.






El hombre tiene más de 50 años ejerciendo este noble oficio. Sin embargo su aventura, como ya se mencionó, comenzó bajo los duros rayos del sol y continuó en la mendicidad de las calles de la Ciudad de México.


DURO COMIENZO

Él y su familia tuvieron que escapar de su pueblo natal, San Andrés Lagunas, en Oaxaca, luego de que su familia casi fuera linchada. Su padre ayudó a escapar al alcalde que los habitantes de ese poblado querían matar por un adeudo de mano de obra que se iba a pagar hasta dentro de seis meses.

En 1965, Gilberto no era más que un vagabundo en las calles de la capital. Harapiento recorría los barrios de la Candelaria y La Merced. 

En ese deambular encontró su pasión: “Me detenía frente al cristal de las sastrerías maravillado por los señores que manejaban unas tijeras enormes: la greda, la escuadra, la cruz. Me sorprendía mucho, pero siempre los dueños salían, me corrían y algunos hasta me escupían, diciéndome de todo. Pero mi primer maestro, un alemán, José Schroeder, viéndome fascinado me invitó a pasar a su tienda cerca de la emblemática tienda de Sombreros Tardan, enfrente de la plancha del Zócalo, entre las calles 16 de septiembre y 5 de febrero”, recordó. 

A cambio de poder dormir en el local y tener una comida al día limpiaba el negocio y pasaba material de trabajo a los más de 20 empleados que laboraban en la sastería.
Después de un tiempo su maestro, uno de los mejores sastres de la recién extinta Alemania Nazi y quien confeccionara trajes al mismísimo Führer, le enseñó diseño y corte.

EL ASCENSO

“Gilberto, ya no vas a trabajar aquí”, le dijo un día su maestro. Habían pasado seis años desde que aquel alemán bonachón lo acogió en su taller.

“Pensé que ya no me quería. Mucho después supe la razón por la cual me había corrido: ya había aprendido todo lo que me podía enseñar; era el momento de buscar nuevos retos con mis creaciones, con una base en la disciplina militar y un estilo europeo”, explicó este mixteco de pura cepa.

Posteriormente pasó por talleres de españoles que, aunque excepcionalmente elegantes y con una tradición de alta costura europea, eran explotadores y avaros. 

Fue cuando conoció al italiano Calanchini, un empresario italiano que dio un giro completo a la sastrería en el Valle de México.

“Él vino a revolucionar la sastrería en México, nadie lo recuerda, nadie lo reconoce, pero ese personaje fue uno de los pilares de la sastrería en nuestro país, el que nos enseñó a cobrar, el que nos despertó y el que dijo: ‘Ya no más, ya no trabajen con los españoles’. 

Con Calanchini inició su negocio. El italiano contaba con 19 años y el mixteco con 18.
Apenas un año después Gilberto ya era considera un maestro sastre, sus habilidades, excelencia y honestidad eran el sello de su trabajo. 

De pronto, se encontraba trabajando para Alberto Poo Collado, honorable español que le dio la posibilidad de comenzar a trabajar en los círculos más exclusivos de México. Incluso se hizo cargo de las tres boutique se Alberto en la capital. 

“Mi primera clienta fue María Félix. Recuerdo que en esa ocasión La Doña me dijo que a ella no le había tocado ningún sastre mexicano; solo vestía con diseñadores franceses”, expresa.

Luego siguieron clientes como el actor Rodolfo de Anda, David Reynoso (popular por sus apariciones en más de 170 filmes), y hasta Juan Gabriel, el Divo de Juárez.

“Con Juan Gabriel la relación de trabajo se dio por medio de uno de mis amigos diseñadores de Christian Dior: Enrique Sire, un excelente dibujante mexicano. Él vino a trabajar con Juan Gabriel y me pidió que me encargara de hacer el vestuario y trajes de las presentaciones. Juan Gabriel llegaba a cambiarse hasta 33 veces en sus espectáculos. Cuando nos tocaba trabajar con él cerrábamos la boutique para dedicarnos a lo que pidiera”, recuerda. 

Al día de hoy el traje más barato de Gilberto vale 60 mil pesos, debido al tipo de materiales que emplea, pues las telas son traídas de Londres. El traje más caro puede llegar a costar más de 31 mil euros, es decir más de 600 mil pesos mexicanos.
Pero vale la pena: estos trajes pueden durar más de una década y quizás después de ese tiempo, apenas empiecen a deslucir.

UN NUEVO RETO

Por más de 20 años Ortiz dio servicio en una boutique ubicada en el 209 de Calle Londres. Un negocio que le fue arrebatado luego de que el dueño muriera pues al predio le salieron cuatro dueños, y pese a los múltiples litigios en los que estuvo metido para comprar el predio, se tuvo que salir. 

Enfermó del corazón al ver que el legado que había construido para su familia se le esfumaba. 

Sin embargo, Gilberto tuvo una visión y regresó a laborar en lo que más ama: la sastrería.
Ahora prepara un nuevo negocio y se prepara para su regreso. “Hago esto por una cuestión de felicidad. Eso me ha llevado a poner en alto el nombre de mi país. No ha sido fácil. De llegar descalzo a la ciudad he podido sobresalir con base a dedicación, esfuerzo y honestidad en este oficio”, comentó entrevistado para El Universal

Ya prepara abrir sendas sastrerías en Italia, Perú, Argentina y por supuesto en México.
Como últimas palabras, a todos sus connacionales nos aconseja: “Me gustaría que todos los mexicano sepan que a pesar de todas las adversidades hay oportunidades. 

Olvidémonos de la mentalidad de fregarnos y mejor comencemos a apoyarnos”, remató





Escrito por: Diego Velázquez R.